Transcripción resumida de la exposición de Josep Marc Laporta —psicólogo social y coach— en el magazine matinal radiofónico de Radio Arena, emitido semanalmente durante los últimos cuatro años. Consultas y conferencias: jmlfcoach@hotmail.com

· La comparación en los niños

Si hay algún sector de población donde la comparación está más presente es en la infancia. Entre niños es habitual observar cómo alardean de cualquier cosa útil para imponerse uno sobre otro, provocar envidias o, incluso, humillar. Pero los padres también comparan unos niños con otros o a los propios hijos, destacando virtudes, defectos o enfrentando personalidades.

Las habilidades comparativas poseen muchas variantes. Cuántas veces hemos sido nosotros mismos los que hemos intentando que uno de nuestros hijos se compare con su hermano, explicándole lo bien que se porta el otro o provocándole a celos, hablándole de la facilidad que tiene por un deporte o por sus capacidades estudiantiles, como si ello fuera responsabilidad de los niños. Juntamente a la comparación, también ponemos etiquetas. A uno le decimos el listo, a la otra la alta, a otro el desobediente o vago o... infinidad de etiquetas que lo único que logran es desanimar al niño y bajarle su autoestima.

Cuando los niños reciben toda esa información, acostumbran a reaccionar de acuerdo a los mismos estímulos. Si le dicen que es vago, se lo cree y se comporta como un vago; si le dicen que es desobediente, más lo será. A esta manera de responder a las expectativas, en psicología se llama efecto Pigmalion.

Es muy decepcionante que nos comparen negativamente con los demás. Si creemos que comparando despectivamente vamos a provocar que los niños sean mejores, estamos bastante equivocados. Lo que conseguiremos será que se sientan humillados y rabiosos contra todo y contra nosotros mismos, dejándoles con la autoestima por los suelos. Esa autoestima devaluada será un activo negativo en su vida adulta, dejándoles una rémora que les costará superar adecuadamente.

Un concepto a tener en cuenta es que no educamos a todos los niños por igual. Por mucho que lo intentemos, siempre a uno se le dará más atención que al otro o se le motivará más o menos, o al primero se la dará más cuidados y, al segundo, con que ya sabemos de qué va la crianza, tenderemos a despreocuparnos más . Pese a ello, el esfuerzo a educar sin comparar ha de estar en nuestro manual diario de comportamiento hacia ellos. Los esfuerzos y la preocupación por una correcta formación para mejorar este aspecto, debería ser primordial en el ejercicio de la educción.

Aprender a no comparar

*Dejar de comparar hermanos de una misma familia.
En muchos hogares se practica la comparación despectiva como método de animar al estudio y a la mejora personal. Expresiones similares a "¡mira tu hermano cómo estudia, a ver si aprendes de él!", son formas que repetimos habitualmente, sin darnos cuenta de que podemos estar creando hijos frustrados e insatisfechos, aniquilando su creatividad y capacidad de superación.
* Cada persona es única. No se pueden comparar dos niños, dos hermanos o dos amigos, porque cada uno es único. Educar en las virtudes y cualidades personales es ayudarles a saber que son personas irrepetibles y que nadie podrá hacer lo que ellos hacen ni nadie los podrá sustituir.
* Inspirarnos unos a otros para mejorar. En los miembros de una misma familia, no compararnos, sino inspirarnos mutuamente. Que la actitud o los éxitos de alguien sirva para inspirarnos y animarnos. Esta inspiración se basa en la dicha de disfrutar y alegrarnos de los éxitos ajenos para dejarnos iluminar por sus superaciones y victorias.
* La clave de la confianza. Confiar en los niños es la mejor manera de que den lo mejor de ellos. Cuando actuamos hacia ellos con desconfianza y los supervisamos excesivamente y obsesivamente, los influimos a que sean desconfiados y, muy posiblemente, de adultos buscarán el reconocimiento y la aprobación externa para obtener seguridad. La clave de la no comparación es confiar en cada uno de ellos para hacerlos seguros y autónomos psicológicamente.
* Hacerles ver que los queremos sean como sean. Esta actitud ha de ser incondicional y sin contrapartidas. Amarles tal y como son es la mejor manera de darles autoestima y seguridad. Ellos son los que deben y pueden elegir cómo quieren ser, mientras nosotros los debemos apoyar en amor para que alcancen su objetivo y guiarlos.
* Enseñarlos a contentarse con lo que son. La felicidad pasa indefectiblemente por ser y por contentarnos con lo que la naturaleza nos ha regalado. Hacerles disfrutar de sus cualidades es enseñarles a ver que lo que son es el mejor punto de partida para ser, tener y poseer.
* Animarles a ver lo que poseen no los que les falta. La tendencia propia de la persona que siempre acostumbra a compararse es pensar en lo que le falta y compararse con otros. Hemos de aprender a enseñarles que lo que tenemos es mucho más importante de lo que nos falta, porque ya existe, ya es nuestro, es propiedad; mientras que lo que nos falta no sabemos si lo podremos conseguir.
* No juzgarles. Una de las claves para dejar de compararlos es no juzgarles. Muchas veces se les reprende con actitud de juicio, no de corrección y dirección. El juicio constante los pone en el filo de la espada y los sitúa en desventaja con los congéneres. En realidad, a ellos el juicio les pone en una doble situación comparativa en lugar de ayudarles.
* Compararlos solamente consigo mismos. Esta es una comparación de superación. Si algo podemos ser en la vida es a raíz de conocer nuestras capacidades, virtudes y defectos para tener la correcta perspectiva de cómo mejorar. De esta manera podremos contrastar la superación de los niños y animarlos al progreso.
* Escribir en un papel las virtudes de cada uno de los hijos. Este ejercicio es indicado para equiparar cualidades, virtudes y cuestiones a mejorar. Pero previamente a escribirlo es necesario enumerar cinco o siete puntos para ambos para que tanto las virtudes como los defectos sean equiparables. Es decir, podría ser que de uno encontráramos ocho virtudes y del otro cuatro. Por lo tanto es preferible esforzarnos en igualar numéricamente ambas listas.
* Protegerlos de los acosos de la escuela. Muchas veces los niños llegan del colegio con una mochila dolorosa. Han recibido comparación, acusación y menosprecio, por lo que necesitan recibir en casa apoyo y autoestima. En ciertos casos, lo que hacemos es provocarlos con palabras de superación comparativas, les decimos que si los otros niños hacen las cosas mejor o tienen ciertas virtudes será por alguna razón, y los invitamos a compararse otra vez. En realidad, nuestras palabras los hunden un poco más. La respuesta adecuada es hacerle ver que cada persona es única y que lo más importante es el esfuerzo de cada uno, y que los padres son las personas que le darán la opinión más fiable y acertada. Deberemos enseñarles a confiar en nuestra valoración y consejos.
* Enseñar la imitación positiva. Se puede aprender mucho, sin caer en las comparaciones, optando por las imitaciones positivas. Tomar modelos positivos es muy saludable para inspirarnos y superarnos. A veces estos modelos son personas que han logrado éxitos científicos, sociales, deportivos o comunitarios; son los individuos que por sus logros pueden ser una referencia puntual para animarnos e incitarnos a la mejora y a conseguir objetivos. La distancia abismal que existe entre el niño y la persona de renombre no significará comparación sino inspiración.

2 comentarios:

  1. Me ha servido mucho este post, gracias por escribir tan concreto y práctico. Soy uno de los que esperaba encontrar algo tan practico y facil de entender y llevarlo a cabo. Gracias y muchas gracias por su trabajo.

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