Transcripción resumida de la exposición de Josep Marc Laporta —psicólogo social y coach— en el magazine matinal radiofónico de Radio Arena, emitido semanalmente durante los últimos cuatro años. Consultas y conferencias: jmlfcoach@hotmail.com

· El machismo


Machismo deriva de la palabra macho, y es una expresión que se utiliza para identificar el conjunto de actitudes y prácticas sexistas vejatorias, ofensivas o violentas con la finalidad de mantener un orden social o psicológico de supremacía del hombre sobre la mujer. Por el machismo,
las mujeres son sometidas o discriminadas, y también es el causante principal de comportamientos heterosexistas u homofóbicos. En definitiva, el machismo es cualquier actitud de prepotencia de los hombres con respecto a las mujeres o, incluso, hacia personas del mismo sexo, incitando a la inferioridad, control social o psicológico.     
El machismo no se aprende en la adultez, sino en la niñez o en el periodo de crecimiento, e incluso es un hecho cultural. Según la cultura hispana, el macho es el ‘verdadero hombre’. Pero aún más allá del aprendizaje, el machismo es intrínseco con el género humano, ya que está impregnado ancestralmente en nuestros propios genes. A través de los siglos, el hombre se ha caracterizado por ejercer un papel dominador o controlador. La propia biología y psicología de la sexualidad es un ejemplo de ello, ya que, antropológicamente,  el hombre es el que toma la iniciativa gestual en las relaciones, dadas las propias características genitales y sus connotaciones de atracción y posesión.
Las actitudes generales del machista son múltiples y muy contradictorias. Desea engañar y conquistar a las mujeres, a las más posibles, pero al mismo tiempo intenta proteger a sus hermanas de los intentos de conquista de otros hombres, puesto que las mujeres de su familia deberían llegar vírgenes al matrimonio. No obstante, él considera un valor de su masculinidad tener relaciones sexuales cuanto más pronto posible, para, según él, adquirir experiencia y saber tratar mejor a las mujeres. Poseer a la mujer es su instinto primario. Ningún adolescente es considerado un verdadero hombre –macho– hasta que no pueda alardear de haber poseído a una mujer. Y aún más: en muchos casos, el hombre casado también quiere mostrar su machismo, su potencia y ejercicio real de sus poderes sexuales por medio de la fertilidad, es decir, engendrando un hijo tan pronto como sea posible. Y si, además, se cree en el derecho social de tener amante fuera del matrimonio, el perfil puede ser muy desolador.
Otras manifestaciones del machismo se aprecian en el tratamiento y en el lenguaje. Un hombre que ejerce de macho predominante actúa con superioridad en muchos ámbitos de la vida y las relaciones. Con formas de dueño y protector de la familia, tanto acostumbra a desentenderse de las tareas domésticas como de la educación diaria de los hijos. La asunción de responsabilidades caseras es bajísima, eludiendo tareas de limpieza, atención marital y cuidado diario de los pormenores familiares. Asimismo asume su papel dominador utilizando a la pareja como una sirviente encubierta, con un tratamiento que en algunos casos llega a ser muy degradante, y en otros, incluso violento. La esclaviza en las tareas de hogar con maneras tan sutiles como evidentes. Pese a que muchas veces no es muy visible o apreciable, el manejo psicológico de las relaciones hogareñas puede presentarse con gran maestría. El desapego emocional es parte de la ‘superioridad’ del macho sobre la mujer.
El machismo también guarda relación con un sentimiento de inferioridad. Es una manera de control y de superación propia a través de la posición social, lo que denota inseguridad y dudas respecto a su realización como ser humano. La afirmación de uno a costa de los demás es el rasgo más evidente del machismo, un intento de compensación de las carencias propias a través de la superioridad. El complejo de inferioridad puede tener sus raíces en la primera infancia. Aquí, la actitud del mismo padre y, cómo no, de la madre, son determinantes. El modelo de educación que adolece de afecto y establece la fortaleza como medio de superación educativa, tiende a desarrollar una cierta clase de inferioridad. No sólo es una ausencia de afecto y amor, sino que el énfasis se pone en el respeto, es decir, en la separación, distancia, y temor al padre como legislador doméstico cuyo castigo es realmente de temer. El niño no sólo siente la inferioridad física natural sino además una inferioridad psíquica resultante del temor y la distancia de sus padres, particularmente del padre. Mientras que a las niñas se les muestra afecto y ternura, los hombres deben ser endurecidos y se espera que muy pronto se hagan autosuficientes y viriles. A este cometido participa determinantemente la madre, avivando muchas veces la ‘falsa seguridad’ que le aporta el varón, por lo que reproduce implacablemente el modelo en la educación de los hijos.

Pautas para luchar contra el machismo

* Cambiar el paradigma sobre el género. Una primera pauta para desaprender el machismo nos obliga a cambiar de paradigma o estructuras mentales y asumir integralmente que ambos sexos, pese a ser biológicamente y psicológicamente diferentes, poseen las mismas capacidades, derechos y privilegios. Este cambio de pensamiento es preceptivo para consecuentes transformaciones de actitud y conducta.
* Aprender a cooperar; no competir. El machismo es sinónimo de competencia y, como consecuencia, se impone a los demás. Consecuentemente, el feminismo es una respuesta de lucha. Muy a menudo las relaciones humanas giran alrededor de la competencia: se compite en la escuela, en el trabajo, en los acontecimientos deportivos, etc. La competencia enseña a discriminar al superior o inferior. No obstante, la cooperación entre los distintos géneros a todos los niveles (domésticos, profesionales, de amistad, etc.), facilitará una mejor comprensión de las diferencias y una más adecuada convivencia.
* Fomentar relaciones matrimoniales igualitarias. La competencia, discriminación y ciertas actitudes machistas se gestan en la relación marital entre ambos cónyuges. Para el hombre resulta sencillo delegar la mayoría de las funciones del hogar en la mujer; mientras que ésta asume gran parte de ellas con el deseo de complacer a su pareja. No obstante, este ancestral hábito es caldo de cultivo de aprendizajes machistas, generando la concepción de un padre fuerte y una madre débil, aunque constante y entregada, fortaleciendo ideas nocivas como que quien tiene una vida profesional externa muy llena de obligaciones es el más responsable, o que quien más nos quiere es la persona que más limpia la casa. Fomentar relaciones igualitarias en todos los ámbitos de la relación familiar es muy necesario para superar el machismo.
* Enseñar a los niños a participar en las tareas domésticas. Tanto los niños como las niñas pueden y deben aprender a participar en todas las tareas domésticas, por igual. Esto implica que ambos deberán aprender todas las tareas del hogar, sin distinciones, pero con naturalidad. Al mismo tiempo será conveniente corregir con tacto cualquier desviación de superioridad o competición en las actitudes y comportamientos.
* Fomentar la igualdad en la diferencia, huyendo de cualquier clasismo. Dado que la competencia es, en esencia, comparativa, ésta invita a creer que todos somos muy diferentes y pertenecemos a distintas clases sociales. Educar en el concepto de que todos somos parte de un todo y que la aportación individual es diferente pero no excluyente, es la base para construir relaciones ausentes de superioridades e inferioridades de género.
* No reproducir el machismo femenino. Históricamente, el machismo se ha visto reforzado por la actitud y conducta de las propias mujeres, que en muchas ocasiones han promovido e impulsado perniciosas concepciones machistas en la formación de los hijos, que posteriormente han reproducido sucesivamente. También, en el tratamiento permisivo y condescendiente de las mujeres hacia sus maridos, se aprecia ciertas formas de machismo femenino. Es necesario identificar esas actitudes y comportamientos erróneos, como expresiones admirativas de sumisión, atender al hombre como si fuera una sirvienta o asistente, o recurrir a la hiperactividad doméstica, anulando la responsabilidad de los demás.
* Romper con el victimismo femenino. Una mujer que se considera a sí misma víctima, deja de ser una persona que toma sus propias decisiones y, por consiguiente, permite que los demás resuelvan sus problemas, promocionando y perpetuando la cultura del tutelaje.
* Detener en los inicios de una relación cualquier síntoma o intento de machismo masculino. Tanto la mujer como el hombre pueden erradicar el machismo si saben identificar en sus inicios actos o comportamientos machistas. En los primeros meses de una relación afectiva es aconsejable que la mujer observe si el hombre está teniendo actitudes o tendencias machistas. Son detalles que se aprecian en querer tener siempre la razón, decidir unilateralmente asuntos comunes por los dos, ser repetidamente celoso sin razón, mostrarse firme e intolerante en cuestiones de poca importancia o trascendencia, o dominar las conversaciones. Si así fuere, se deberá exponer y hablarlo para observar claramente la realidad y tomar las decisiones más oportunas, aún por encima del enamoramiento que pudiera existir. En el caso de que la tendencia machista fuere muy evidente y su incidencia muy predominante, es aconsejable dejar la relación. Ningún futuro en pareja puede ser realmente feliz teniendo que soportar actitudes machistas que, por su enraizamiento en el carácter, pueden llegar a degenerar en violencia verbal, psicológica y/o física.
* Eludir las supercompensaciones. En las relaciones de pareja o de familia pueden darse erróneas actitudes de supercompensación; es decir, intentar equilibrar la balanza de la pareja con compensaciones de todo tipo. A veces, la mujer, para que su pareja no se enfade o tome actitudes de propensión machista, intenta supercompensar la situación con actos o acciones de sometimiento, falsificando la realidad. Pero lo que en principio parecería ser adecuado para la paz familiar, es abono y siembra de futuros desequilibrios. Es mejor desafiar los problemas en sus inicios que intentar compensar los desajustes con otro desajuste relacional.

©2013 Josep Marc Laporta


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· Emociones tóxicas


Cualquier emoción que reprimamos o guardemos —sea positiva o negativa— es susceptible de convertirse en tóxica. Esa emoción se puede llamar miedo, ansiedad, enojo, envidia, malhumor, etc. Cuando vivimos la emoción tóxica, de alguna forma nuestro cerebro la reconduce y al final va a parar a algún órgano del cuerpo, enfermándonos. Hay personas que les cuesta expresar, por ejemplo, el enojo. Creen que estar enfadado es malo y que no es correcto mostrarse así, por lo que reprimen esa emoción, la guardan, se la tragan o la disimulan y, sin querer, esa emoción no expresada la envían a una parte de su cuerpo y pudiendo tener un problema de salud, como un infarto. Otras personas tienen miedo a tener miedo; entonces evitan situaciones que les generen ansiedad, como por ejemplo hablar en público o estar con otras personas, convirtiendo esa emoción en tóxica. Otros individuos guardan las emociones por tener una autoestima baja y creen que no tienen derecho a expresar lo que desean o sienten, por lo que anulan las emociones, canalizando erróneamente los sentimientos y llevándoles a un estado físico y psíquico enfermizo.

Hay multiplicidad de causas, pero todas ellas tienen algo en común: cada vez que guardamos una emoción o la reprimimos, esa emoción puede acabar siendo tóxica. Nos afecta produciendo enfermedades psicosomáticas, infartos, enfermedades gastrointestinales, etc. Por lo general, todas las emociones tienen una plataforma emocional: el estrés. Cuando una persona tiene una sobrecarga, llámese una deuda económica, un problema en el hogar, con los hijos o con el trabajo, toda esa sobrecarga al final produce una enfermedad, ya sea con más o menos incidencia o más o menos gravedad. Por esto es importante identificar lo que sentimos y ponerlo en palabras para liberar cualquier sobrecarga emocional. Las emociones no son ni buenas ni malas, simplemente son energía, y la energía es una fuerza que hay que gastarla o liberarla.

Una de las emociones nocivas es la llamada ansiedad tóxica. Utilizaremos un paralelismo musical para entender su desarrollo en nuestros cuerpos. Por ejemplo, las cuerdas de una guitarra pueden estar muy tensadas o poco tensadas. Cuando están muy poco tensionadas, la guitarra prácticamente no suena; pero cuando están excesivamente tensas, la guitarra produce notas cada vez más agudas, rompiéndose fácilmente por la presión de la tensión. Por ello, la afinación correcta de una guitarra se sitúa en el término medio, en el lugar donde suena bien y puede hacer buena música. Esto es exactamente lo que sucede con la ansiedad. Existe una presión básica que toda persona necesita; pero cuando hay una excesiva tensión es cuando se produce la ansiedad tóxica. Preocupaciones que uno no puede controlar como ‘y si pierdo el trabajo…’, ‘y si no me va a ir bien este negocio…’, ‘y si no me van a querer…’, ‘y si no me separo…’, todas estas preocupaciones no resueltas son las que nos pueden llevar a un trastorno de ansiedad. Son preguntas del futuro que no tienen respuesta o, más concretamente, que tienen una respuesta catastrófica.

El pesimismo es una característica habitual del ansioso. Este tipo de persona siempre ve el final de la película: ve que lo echarán del trabajo, ve que la relación le irá mal, ve que no será capaz de cumplir un objetivo y casi siempre imagina un futuro negro. Es entonces cuando el organismo reacciona con taquicardias, con sudoración, con mareos, con constipados, con problemas de sueño, durmiendo todo el día o no durmiendo nada, con problemas de alimentación, comiendo mucho o no comiendo nada… El cuerpo está avisando de que hay una preocupación que es tóxica. En el caso extremo del proceso, se dan casos de angustia profunda, en los que el individuo siente que se va a morir, por lo que, por ejemplo, puede ir al cardiólogo para hacerse pruebas, sin dar resultados positivos, o puede estar andando por la calle y sentirse angustiado hasta el punto de sufrir mareos, sudoraciones y trastornos generales sin existir una razón orgánica para tales alteraciones. El cuerpo reacciona negativamente al proceso de angustia sin, en realidad, tener ninguna razón orgánica que lo produzca.

Otra emoción que puede ser tóxica es la angustia. La angustia es como la alarma de un coche: si alguien quiere robarlo, suena; pero si la alarma suena en cualquier momento, significa que el coche está funcionando mal. La angustia es buena frente a una situación de desafío o cuando tenemos realmente miedo por algo puntual. Ahora bien, si la angustia es permanente o se dispara aleatoriamente en cualquier momento, estamos frente a una angustia tóxica.
Otra emoción tóxica es la envidia. Es una emoción que por fuera parece dar una imagen normal, pero por dentro sufre la carga de la disconformidad y el deseo incontrolado. La envidia puede ser muy falsa, porque aparenta para sobrevivir. Muchas veces se oye decir: ‘tengo envidia sana’, como si, por poner un ejemplo paralelo, se pudiera tener un cáncer terapéutico. No existe el cáncer terapéutico como no existe la envidia sana. La envidia es una emoción tóxica que se alimenta de un deseo totalmente incontrolado, de una emoción desbocada, que intenta descalificar para adquirir una supuesta seguridad propia. Para vencer la envidia como para vencer otras emociones nocivas es conveniente tener conciencia de que existen y que nos afectan. Es el primer paso.

Cómo vencer las emociones tóxicas

* Apartar un tiempo delimitado para preocuparnos. Para las personas que sufren emociones de exceso de preocupación, es muy útil apartar un tiempo concreto para pensar en esas cosas que le intranquilizan y, después de ese periodo, olvidarlo todo. Es decir, durante una hora pensar exclusivamente en todo lo que a uno le preocupa, intentando solucionarlo, pero cuando se acaba ese tiempo no pensar más sobre el tema. El problema de las personas ansiosas es que están permanentemente pensando en lo que les preocupa. Adoptar una actitud de delimitar las preocupaciones, dándoles un tiempo concreto, facilitará el descanso psicológico durante el resto del día.
* Poner en palabras lo que nos sucede. Cuando nos sentimos asediados por una emoción tóxica, hablar con otras personas nos ayudará a poner en orden nuestra mente y a empezar a andar el camino de la sanación. La conversación con amistades de confianza que pueden escucharnos activamente, nos permitirá desahogarnos y, al mismo tiempo, escucharnos para ordenar los pensamientos. Pero también es bueno hablarnos a nosotros mismos, con palabras de confianza que nos ayuden a entender cómo queremos salir delante de la angustia o la ansiedad. En este sentido, no dudemos que es más importante lo qué me diré, que lo qué me dirán. Cuando expresamos lo que tememos, deja de ser peligroso.
* Proporcionarnos buenas expectativas. Podemos crearnos buenas expectativas si nos damos más margen de mejora y si nos convencemos de que podemos dar mucho más de lo que estamos dando. Muchas veces nos quedamos tan encerrados en la imposibilidad, el negativismo o la frustración, que el mensaje que nos decimos y escuchamos es de limitación y derrota. Pero podemos provocarnos buenas expectativas si nos decimos y oímos que valemos, que podemos, que sabemos o que tenemos todas las capacidades para salir victoriosos, e incluso, mejores personas y más fuertes y capaces.
* Huir de la insatisfacción crónica. Tener insatisfacción es positivo si la convertimos en un disparador, en un motor de acción o un resorte motivador. En este tipo de insatisfacción, aceptamos que algo no va bien y optamos por esforzarnos, queriendo llegar a esa meta o a ese objetivo. No obstante, la insatisfacción es tóxica cuando está dominada por la culpa. La culpa nos informa de que no nos merecemos algo, que algo no nos pertenece, que debemos pagar un peaje para salir adelante. Es entonces cuando, por ejemplo, si se consigue un trabajo, la propia insatisfacción hace que no se pueda disfrutar del mismo, no rindiendo bien y, con el paso del tiempo, perdiendo el empleo. Por ello hemos de huir de la insatisfacción crónica, tomando actitudes resolutivas y decisivas, haciendo frente a cualquier sensación o sentimiento de que hay cosas que no merecemos o que no vamos a lograr. La mejor manera de luchar contra la insatisfacción crónica es ser conscientes de ella y de nuestra dependencia, ser muy drásticos con los pensamientos tóxicos diciéndoles ‘no’, para cambiar actitudes y, sobre todo, mirar lo que se logró, no lo que nos falta. Una persona sana es la que mira a partes iguales sus errores y sus aciertos, pero aprende de los fallos y decide probar cómo lograr más aciertos.
* Dejar lo que pasó en el pasado y mirar hacia el futuro. Muchas personas condicionan sus emociones cuando miran tanto el pasado que no ven nada del futuro. Las emociones tóxicas también aparecen cuando lo vivido pesa más que lo porvenir. Si nuestra vida es presidida por emociones pasadas, sean buenas o malas, fácilmente nos convertimos en esclavos de pensamientos y sensaciones caducadas que no tienen potestad para cambiar lo que realmente nos importa: el presente y el futuro.
* No cambiar todo; cambiar primeramente una pequeña cosa. A veces, al querer huir de las emociones tóxicas y de su círculo vicioso, tomamos decisiones muy grandes y exageradas, intentando cambiar toda nuestra vida. Pero para cambiar algo grande primeramente debemos dar un primer paso. Un pequeño cambio, perdurable en el tiempo, tiene suficiente poder como para intentar un siguiente pequeño cambio que se prolongará en el tiempo y así sucesivamente. A veces, los grandes problemas tienen soluciones sencillas y un pequeño cambio puede movilizar una metamorfosis de transformaciones.
* No hacer caso de las opiniones interesadas de las personas. Para mejorar del acoso de las emociones tóxicas hemos de saber de dónde vienen las críticas, las opiniones o los pareceres sobre nuestra vida y decisiones, porque quien quiere agradar a todos, acaba fracasando con todos. Un adagio árabe cuenta la historia de un padre y un hijo que viajaban con un burro. Al llegar a un pueblo, la gente los vio y se dijeron: ‘¡mira qué tontos, tienen un burro y no lo usan!’. Entonces el padre, escuchando las conversaciones, hizo que el hijo se subiera al burro. Llegaron al otro pueblo y la gente se decía. ‘¡mira que hijo tan desagradecido, el pobre padre caminando y el chico sobre el burro!’. Así que se bajó el chico, y el padre se subió al burro. Fueron al siguiente pueblo y la gente empezó a decir: ‘¡qué padre tan sinvergüenza!, ¡el pobre chico caminando y el padre subido cómodamente en el burro!’. El padre que lo escuchó, decidió que se subirían los dos al burro y así caminaron hasta el próximo pueblo. Al llegar, los del lugar decían: ‘¡cómo puede ser eso…!, ¡están matando al pobre animalito, los dos encima de un pobre burro, vamos a tener que presentar una demanda por maltrato!’. El padre oyó las críticas y decidió que se bajarían del burro y llevarían el animal encima de sus hombros… Y… ya nos podemos imaginar lo que dijeron en el siguiente pueblo.... Sin duda, cuando escuchamos demasiado a los demás, terminamos cargando un burro.

* Reírnos de nosotros mismos. La risa es terapéutica porque levanta el sistema inmunológico, porque desdramatiza los hechos y también sirve para alejar los agresivos. Cuando alguien nos agrede o se burla de nosotros, reírnos de lo propio desarma a las personas agresivas y nos ayuda a adquirir confianza. Las emociones tóxicas necesitan de nuestro buen humor, para desdramatizarlas y darnos la fuerza necesaria para superar obcecaciones innecesarias.

©2012 Josep Marc Laporta


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· La infidelidad emocional


Muchas veces, antes de que llegue la infidelidad física llega la infidelidad
emocional. Este tipo de infidelidad es la que se manifiesta en una pareja cuando uno o ambos no se prefieren prioritariamente. Quererse 24 horas al día, en la alegría, en las penas, en la salud o en la enfermedad es un contrato que muchas parejas no están dispuestas a cumplir, sobre todo cuando una de ellas no tiene su atención emocional cien por cien en la otra persona. Una sana relación de pareja no sólo se sustenta en el sexo o en la fidelidad sexual. La lealtad emocional es, significativamente, más importante, porque de ella nace la fidelidad física. Hacer sexo con otra persona que no sea la pareja podría parecer lo más aberrante y desleal que pudiera pasar; pero imaginemos a nuestra pareja declarando su amor a otra persona, aunque sin tener sexo. Posiblemente esta escena nos incomodaría tanto o más que si tuviese relaciones físicas.

La infidelidad emocional es una especie de infidelidad platónica, en el cual se siente que el compromiso de comunicación se da con otra persona y no con la pareja. Se produce cuando una persona, que tiene pareja, se enamora de otra (mucho o poco), siente deseo hacia ella (sin consumarse) y cultiva esa relación especial hipotecando el vínculo afectivo que tiene con su propia pareja. No es un flirteo ni una simple amistad, ni tampoco un capricho o un pasatiempo de algunas tardes, sino una relación paralela sin sexo. Esa persona que está fuera de la pareja convivencial es la que se convierte en la pareja psicológica, tomando la mente y el corazón. Consecuentemente, la relación de pareja convivencial se resiente, pierde interés y el sexo suele ir a peor, causando fuertes sensaciones de vacío. Al mismo tiempo la capacidad de compartir sentimientos íntimos mengua, se le roba tiempo a la familia y en muchos casos la convivencia se hace imposible.

En la mente del infiel emocional se construye la idea de que quizás con la otra persona sería más feliz o se sentiría más lleno o completo, o si pudiera volver a empezar una relación lo haría con ella. Ahora bien, cuando se suma la infidelidad sexual y la infidelidad emocional, el cóctel puede ser muy peligroso, pues se pueden dar situaciones de tensión y violencia verbal, con el consiguiente sufrimiento por todas las partes.

Los tópicos dicen que la mujer, cuando es infiel emocional, anda necesitada de cariño; mientras que el hombre quiere alimentar su narcisismo o busca la novedad o lleva mal la crisis de los 40. Lo que está claro es que si la pareja no funciona o lleva una vida excesivamente rutinaria, los riesgos de una infidelidad emocional aumentan y consecuentemente se puede dar más fácilmente la infidelidad física. Normalmente, cuando una pareja pasa por un desencanto mutuo, por una depresión de la relación o por una rutina perdurable es cuando crece la posibilidad de la infidelidad emocional. Pero, en realidad, es posible que dicha infidelidad haya empezado mucho antes.

Desde una perspectiva psicológica, esta patología de la relación se da cada vez más frecuentemente porque hay un problema social de falta de compromiso. Cuando una relación deja de ser maravillosa y romántica y se convierte en una vida tranquila y rutinaria es cuando se siente que es más fácil deshacer el compromiso adquirido, por lo que se busca otra relación donde aparezca esa emoción intensa perdida. Muchas infidelidades no tienen que ver tanto con que la pareja vaya mal como con la tendencia a la insatisfacción intrínseca de muchas personas. Puede parece un contrasentido, pero, para algunos individuos, la insatisfacción es su estado satisfactorio natural, por lo que están destinados a repetir indefinidamente su insatisfacción emocional de una a otra pareja.

El que el matrimonio o la pareja estable sea un contrato con muchas cláusulas, en el que sus miembros deban entenderse, compartir proyectos, tener buen sexo, sentir emociones intensas o formar una familia estable, es un hándicap para los inestables emocionales. Hay quienes necesitan vivir subidos en la emoción, a sentir constantemente, porque, si no es así, se aburren y pierden el interés. Un dato a tener en cuenta es que en la actualidad pasamos más tiempo fuera de casa, en el trabajo y en otras actividades, por lo que las relaciones de fuera son más intensas y emotivas, generando nuevos espacios de afectividad. Si a ello sumamos el individualismo y la competitividad de nuestro siglo, tendremos la mezcla perfecta donde se generan nuevos inestables emocionales.

Previendo la infidelidad emocional

* Emparejarse o casarse por amor. Si empezamos una relación por amor, hay más posibilidades de amar de verdad y de alargar indefinidamente el amor y la relación. Esto no incluye emparejarse por pasión o por enamoramiento impulsivo, sino amar a una persona integralmente, por cómo es, por cómo su personalidad nos llena, por cómo nos hace más completos o por cómo ella siente también que nuestra presencia la hace más completa, feliz y realizada.
* Aprender a ser maduros en la relación y menos adolescentes. Esto no quiere decir que no renovemos el amor ni le dotemos de la belleza de la espontaneidad o de la jovialidad de espíritu. Se trata de aprender a vivir y a actuar sin aquella eterna inmadurez que pretende ser joven siempre, intentando revivir sensaciones adolescentes, como el flirteo sistemático, la necesidad de sentirse constantemente deseado por el sexo contrario o una actitud ingenua e inmadura respecto a la persona que nos ha elegido y que nos dedica lo mejor de ella. Sin duda, algunos adultos se obsesionan con ser jóvenes para siempre y esta actitud la llevan al área del amor.
* Huir del zapping amoroso. Por los modelos que nos impone esta sociedad, que nos obliga a tener valores fugaces, efímeros o transitorios, las relaciones amorosas también se ven afectadas por estos patrones. El zapping amoroso es parecido al síndrome del picaflor, que necesita experimentar de manera renovada -aunque con distintas personas-, cariño, enamoramiento, pasión o deseo. Para lograrlo va de flor en flor, de relación en relación. Cuando con una, el interés disminuye, decae, se siente poco emocionado o no se le eriza la piel y el deseo, toma la actitud de cambiar y buscar en otra relación satisfacer esas necesidades inmaduras. Huir del zapping amoroso es vital para no caer en la infidelidad emocional.
* Aprender a transformar la relación de pareja. Las parejas que pretenden vivir siempre en la nube de la ilusión y de las emociones enamoradas, tienen todos los números para acabar en fracaso. La vida va pasando por las relaciones de pareja como pasa por nuestros días, dejando surcos en nuestro rostro y cuerpo. Por ello, una pareja no puede pensar que siempre se va a relacionar de la misma manera, sino que deberá aprender a transformar el amor, la forma de relacionarse o la manera de interactuar, de entenderse diariamente.
* Decidir construir cada día, sin dejar de hacerlo ningún día. El abandono de las responsabilidades de cuidado, detalle y amor es una de las causas de la infidelidad emocional. Estar en una relación pensando que todo está hecho, que solamente queda vivir y continuar con el ritmo de la vida, con toda probabilidad conducirá al desafecto y descontento. Como todo lo que tiene vida propia, se ha de cuidar para que perdure.
* Prevenir episodios de sorpresa emocional. Si accedemos a chatear con personas desconocidas como pasatiempo, si acostumbramos a salir lúdicamente más veces solos que con nuestra pareja o si tomamos parte de actividades que desmerezcan o deshonren a la otra parte, aumentaremos las probabilidades de que aparezca la sorpresa emocional. A veces, sin quererlo, pueden aparecer personas con las cuales empaticemos de manera especial y diferente. Dar paso o permitir que cualquier persona o situación tome el control de nuestros sentimientos es el primer paso para ser infieles emocionales.

* Fomentar el compromiso por ambas partes. El compromiso es un antídoto contra la infidelidad emocional. Para fomentarlo es necesario atender a la madurez de cada parte de la pareja. Si no se trabaja la madurez psicológica de ambos, fácilmente aparecerán comportamientos infantiles y respuestas emocionales inmaduras que llevarán a una episodios de huida. Si es necesario, se aconseja acudir a un profesional para tratar supuestos actitudes o formas caracteriológicas de inmadurez permanente.
* Huir de la rutina. Una vida de pareja rutinaria y aburrida es el condimento imprescindible para que se produzca una infidelidad emocional. Cuando una pareja se instala en la rutina del día a día, donde siempre sucede lo mismo y no hay momentos para la locura, la aventura, la espontaneidad, los nuevos deseos o proyectos comunes renovados, la tensión mengua y nace un estado de decaimiento emocional. En este estado, la sorpresa emocional externa puede aparecer en cualquier momento. El antídoto es precisamente dotar a la relación de lo descrito anteriormente. Es decir, buscar formas de vida donde aparezcan momentos entrañables, bellos, llenos de sentido, con sorpresas de vida y detalles inolvidables. Es evidente que para conseguirlo es necesario un esfuerzo y dedicación. Como todo en la vida, se precisa de algo más que buena voluntad y bonitas  palabras, se necesita empeño, determinación y decisión.
* Disfrutar individualmente de una vida personal que aporte beneficios a la relación común. La vida en pareja puede conllevar una rutina que, si se sabe hacer gestionar adecuadamente, puede ser muy beneficiosa para ambos. Las costumbres y los hábitos pueden ser saludables, no obstante, si se enquistan y se mantienen inalterables y rutinarios permanentemente sin prestar atención, puede ensombrecer definitivamente la vida en pareja. Por ello, disfrutar de una vida personal, satisfactoria y plena, puede aportar mucho a la relación. Estar a gusto en el trabajo profesional, tener juntos una afición saludable o cultivar buenas amistades en común, participará estimablemente en la relación de pareja, al aportar beneficios conjuntamente.
©2012 Josep Marc Laporta


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· La culpa


La culpa es un sentimiento de recriminación propia, ya sea por ofensas imaginarias o por sentirse inadecuado e impropio. La culpa nos dice que hemos violado algo y que tenemos que buscar la forma de repararlo. En una sociedad donde el respeto y la tolerancia han tratado de sustituir y anular cualquier concepto de culpa, este sentimiento es imprescindible, siendo consecuencia de nuestra naturaleza y condición humana e inteligente.

Por nuestra tradición cristiana, la culpa ha estado más presente en nuestra cultura. Sin duda, el catolicismo romano utilizó este sentimiento para fortalecer la piedad y la religiosidad, aunque muchas veces de manera improcedente y arbitraria. Pero sería muy aventurado determinar que por causa de las religiones cristianas, especialmente la católico-romana, el sentimiento de culpa ha influido de manera definitoria en nuestra cultura occidental. La culpabilidad es una reacción muy humana que conforma nuestra psicología personal. Sin la culpa no se producirían distintas reacciones como la restitución de un agravio, el perdón, la clemencia, las actitudes reparadoras o la misericordia. Sentirse culpable de algo, ya sea por causa propia o ajena, es una manera de regular nuestra concepción de las relaciones humanas, de lo que es correcto o no, o del bien y del mal como pauta social de convivencia y de superación personal. Por tanto, pese a sus contrariedades psicológicas que en ocasiones pudiera aportar, la culpa es necesaria.

No obstante es importante apuntar que muchas veces la culpa es fuente de dolor, sufrimiento e, incluso, de suplicio personal. Para algunas personas el sentimiento de culpa es tan frecuente y habitual que acaba resultando invalidante, las bloquea. Todos experimentamos sentimientos de culpa en la vida; la diferencia está en lo que hacemos cuando la experimentamos: algunos intentan resolver aquello de que se sienten culpables y, como muchas veces no se puede, se sienten mal, otra vez culpables, y viven intentando deshacerse de la culpa, de modo que ésta se convierte en la brújula que rige su vida y actúan tratando de evitar sentirse culpables.

Existen una serie de sensaciones físicas —dolor de estómago, de cabeza, de espalda, presión en el pecho—; otras emocionales —nerviosismo, desasosiego, irascibilidad—; y otras de carácter mental —pensamientos de autoreproche y autoacusaciones—, que pueden resultar indicativas de que los sentimientos de culpa están lastrando nuestra vida. Las personas que tienen más problemas para gestionar esta emoción suelen ser muy perfeccionistas, porque quieren quedar bien siempre y con todo el mundo, y tratan de buscar soluciones a todo, tratando de complacer a todos continuamente. También son personas que tienen un pensamiento polarizado, caracterizado por pensar que las cosas son blancas o negras; o un pensamiento negativo, determinado por magnificar los aspectos negativos sobre los positivos; o un elevado sentido del deber, con un fuerte sentimiento de que las normas prevalecen sobre las acciones; y de la responsabilidad, pues tienen la característica de responsabilizarse excesivamente de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a su alrededor.

Cuando una persona se siente culpable por todo o tiende a buscar explicaciones en la propia culpa, normalmente tiene una estrecha relación con la autoestima. Son personas que han aprendido a tener la culpa como recurso porque no saben cómo afrontar las cosas de otra manera. Habitualmente este sentimiento se desarrolla en la infancia como un recurso para sobrevivir cuando al niño no le han hecho sentirse querido incondicionalmente. Cada vez que le llaman la atención o le regañan por algo, con razón o sin ella, el niño piensa que es porque está haciendo algo mal y nunca se plantea que puedan ser los padres los que están equivocados. Luego, de adulto, cada vez que se enfrenta a algo que no cuadra o que no entiende, piensa que debe ser culpa suya o que hace algo mal.

Muchas veces, un abusivo adoctrinamiento religioso o moral determinará un alto sentimiento de culpa que puede llevar a actitudes de limitación y bloqueo personal. Este tipo de culpabilidad religiosa o moral se da frecuentemente en mujeres, ya que en el pasado sufrieron mucho más el adoctrinamiento; también por su mayor sensibilidad interpersonal y su mayor predisposición a sentirse responsables por la vida de otros y, asimismo, a su mayor ansiedad y agresividad contenida que tienden a volcar en ellas mismas por la vía del autoreproche. Sin embargo, este hecho no es una desventaja para las mujeres, pues cuando no es obsesiva ni provoca excesivo desasosiego, tiene un componente positivo en lo personal, ya que permite tomar conciencia de que somos limitados, de que estamos dañando a otras personas o de que hemos de atendernos más a nosotros mismos; y a nivel social, nos lleva a disculparnos y a reparar el daño que hacemos a los demás, evitando que se rompan las relaciones.

En su grado adecuado, los sentimientos de culpa son muy útiles, ya que tienen un efecto positivo en las relaciones humanas. Sin ellos, el individualismo que caracteriza a esta sociedad quedaría a expensas de la indiferencia y el aislamiento relacional. Muchas personas no empatizan y no sienten culpa por el daño que hacen a los demás, así que si no se disculpan, si no reparan y restauran las equivocaciones, los lazos se van rompiendo, dañando consecuentemente a la sociedad. Como indica Laura Rojas-Marcos en El sentimiento de culpa (Ed. Aguilar), la culpa “es un barómetro de nuestra conducta, indicando la diferencia entre la buena y la mala conducta; pero no hay que huir de ella porque nos ayuda a tener buenas relaciones, a no ser impulsivos y a tomar buenas decisiones. El problema es cuando las personas se sienten culpables de forma exagerada o por cuestiones que no son responsabilidad suya”. El quid de la cuestión es cuando uno tiene automatizada la culpa como justificación a sus frustraciones, cuando este sentimiento se ha convertido en la brújula de su vida. Es entonces cuando hay que buscar ayuda profesional o atender a unos consejos que pueden ayudar a superarla.

Hacia una culpa saludable y beneficiosa

* Comprender los dos tipos de culpa. Una es la culpa que nos hace responsables de nuestros actos en relación con nosotros mismos y con los semejantes; y la otra es la que nos somete, que intenta conducir nuestro comportamiento. La segunda es la perjudicial para nuestra salud psicológica.
* Identificar la propia culpa. Para salir del atolladero de la culpa negativa y bloqueante, es necesario identificar qué situaciones o cuestiones nos producen sentimientos de culpa irrefrenables, estar pendiente de cuándo aparece y analizar si tiene sentido o no, si es una culpa real o irreal.
* Detectar el chantaje de la culpa. Cualquier sentimiento de culpa irreal provoca un chantaje emocional, por lo que hay que detectar qué es lo que nos dice la culpa que debemos hacer y qué es lo que, si nos sintiéramos culpables, querríamos hacer, para decidir si la culpa ayuda o perjudica nuestros objetivos y decisiones.
* Atajar el exceso de responsabilidad. Una culpa mal entendida es un exceso de responsabilidad con nosotros mismos, además de una autoestima desdibujada. Entender que todo lo que pasa en la vida no depende de uno mismo, es entender que obligatoriamente no somos culpables de todo. Hay que tener presente cuáles son nuestras responsabilidades y cuáles no, y ser modestos, porque no todo lo que pasa en la vida depende de uno mismo.
* Racionalizar y relativizar la culpa. Para romper con el automatismo de la culpa irracional e infundada es necesario racionalizarla y relativizarla. Es conveniente hacer un ejercicio mental de quitarle importancia, de dejarla a un lado por pura decisión racional y atrevida. Por lo general, es saludable relativizar las cosas, quitándole importancia, para darles a otras que sí son trascendentales. La culpa también la podemos relativizar, no darle importancia, no para hacernos más insensibles sino para concentrar nuestra mente en lo que realmente tiene valor, en lo positivo, porque ello nos construye y nos hace más estables.
* Ver el presente desde el futuro. Mirar la vida y nuestra responsabilidad desde el hoy nos puede agobiar y angustiar. El presente es demasiado presente como para tenerlo en cuenta cada cinco minutos. Un buen ejercicio para eliminar sentimientos de culpa infundados es mirar nuestra vida actual desde el futuro, observando la realidad de lo que sucede con preguntas como “esa actitud de culpabilización que tengo ahora ¿la voy a tener que sobrellevar obligatoriamente en el futuro?’, o ¿para qué preocuparme de culpabilizarme por algo que en el día de mañana no me va a aportar nada?, o ¿la preocupación culpabilizadora de hoy me servirá de algo en el futuro?
* Encontrar salidas, sustituciones o soluciones a las culpas infundadas y peligrosas. Ante una culpa injustificada hay que abrir un abanico de explicaciones y preguntarse qué otras razones puede haber para que haya ocurrido eso, más allá de la explicación de que nosotros lo hemos hecho mal. Es necesario encontrar soluciones al margen de fustigarnos con nuestros reproches, porque por más culpables que nos sintamos eso no soluciona nada.
* Acudir a una persona de confianza para recibir objetividad. Es bueno recurrir a una persona de confianza que nos ayude a objetivar si existen razones para sentirnos culpables o si estamos siendo víctimas de un chantaje emocional, propio o ajeno. A veces, esa persona puede ser amiga o no, pero es importante que sintamos que es alguien objetivo y que podemos confiar en su actitud y manera de tratar el tema.
* Asumir los errores, pedir perdón y seguir adelante. Cuando la culpa aparece en nosotros por haber hecho algo mal o haber actuado de manera improcedente, deberemos asumir el error, tratar de arreglar el problema de la mejor manera posible, perdir disculpas sinceramente, perdonarse uno mismo y continuar hacia adelante. La culpa real y razonable es un buen barómetro para equilibrar nuestras vidas y relaciones sociales.

©2011 Josep Marc Laporta


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· Los hijos tiranos


Sucede hasta en las mejores familias. A veces se da en las clases medias-altas o altas, y también en las medias o medio-bajas. Habitualmente son familias aparentemente normales, en las que los padres han educado a cada uno de los hijos por un igual, cuando de repente se encuentran con uno de ellos que actúa de manera tirana y déspota, dando serios problemas y aterrorizando a los adultos. Es el síndrome del Emperador. En principio no existe un patrón establecido sobre qué familias son las más propensas a producir un hijo de estas características, no obstante hay un dato relevante: las niñas ganan terreno y llegan a ser un tercio de los casos. Otro detalle a tener en cuenta es que cada vez baja más la edad en que los padres acuden a un profesional porque su hijo tiene comportamientos agresivos y violentos.

Además de un cierto componente genético, el vertiginoso ritmo de nuestra sociedad y su permisividad son algunos de los posibles orígenes del hijo tirano. También la falta de ‘conciencia de culpa’, que se ha sustituido por el ‘respeto a las leyes y la tolerancia’, son parte del entramado social que provoca este síndrome. Aunque hay niños más propensos que otros, existe un claro factor de riesgo: las familias no consolidadas. Las relaciones superficiales, avivadas por la velocidad de los acontecimientos, el mucho trabajo y la poca disponibilidad a educar integralmente a los hijos, son aspectos a tener en cuenta. También, cuando se etiqueta a un niño como especial, o un hijo es muy deseado, entronizándolo antes de nacer, o tiene un coeficiente de inteligencia alto o el muy inquieto, son aspectos a valorar.

Es evidente que ni los hijos de padres mayores serán tiranos ni todos los niños caprichosos o egoístas tienen el llamado síndrome del Emperador. Pero la señal de alerta se produce cuando denotan satisfacción imponiendo sistemáticamente su voluntad, chantajeando con graves escenas en grandes almacenes, tomando protagonismo delante de otros adultos, interiorizando el primero yo y luego yo. La falta de compromiso moral y de sentimiento de culpa de los jóvenes tiene efectos catastróficos en aquéllos que tienen dificultades para un buen aprendizaje de los principios morales, y puede convertirlos en personas violentas y maltratadoras.

Al niño tirano se le acostumbra a consentir todo para que no se traumatice y se le da un poder desmesurado que no le pertenece y que a veces no sabe cómo gestionarlo. También, muchas veces esos mismos niños que humillan y esclavizan a los padres de día, por la noche tienen miedo a una tormenta y no piden protección, por lo que el síntoma se vuelve tan invalidante para los hijos como para los padres. Para revertirlo es necesario que los padres superen la queja y se dispongan a cambiar, a manejar los límites y sostenerlos desde una relación de pareja firme y segura.

Ideas y pautas para los padres

* Madurar en la responsabilidad paterna y materna. Sin unos padres conscientes y convencidos de su responsabilidad como educadores, no hay salida al síndrome del Emperador. Un acuerdo absoluto entre tutores sobre educación es imprescindible para empezar a ver la luz. Muchas veces los padres ven la realidad, pero no quieren ver que para superar los problemas hay que adoptar otras actitudes, tomar consejo de profesionales o aunar esfuerzos y pautar la relación futura con el hijo. Los padres deben ser adultos para formar hijos que en el futuro serán adultos.

*Potenciar la capacidad de dirección coordinada de los padres. Cuando un hijo toma el control del hogar, de las situaciones, de las conversaciones o de las relaciones, sólo se puede contrarrestar con unos padres bien coordinados entre sí. La coordinación es absolutamente necesaria. Muchas veces, cada tutor opta por un camino distinto, por una forma de educación divergente con la otra, por una manera de solucionar el problema que se presenta en casa. Con este panorama, el niño o la niña sabe que siempre tiene las de ganar. Coordinar cualquier decisión o actitud por parte de los padres es parte de la salida al problema.

* Atajar cuanto antes las desviaciones. Cuanto antes nos demos cuenta de que nuestro hijo es un posible niño tirano, antes podremos resolver el problema. Cuanto más mayor sea el niño, más difícil será tomar las riendas de la situación.

*No ser excesivamente autoritarios, pero serlo. La autoridad no se gana con actitudes drásticas, enérgicas o tajantes. Se gana con la firmeza, con el cariño productivo, con la atención responsable que invita a la responsabilidad. Querer demostrar una excesiva autoridad ante los hijos puede significar que, en realidad, se tiene poca. Es preferible la autoridad de una actitud estable y coherente, que no se deja llevar por cambios bruscos de carácter o imponiendo criterios y razonamientos por la fuerza. La autoridad no está reñida con una actitud amorosa.

*Más síes y menos noes. Más límites positivos. Una educación que siempre niega, que siempre pone barreras, que constantemente fiscaliza o que incide desmesuradamente en lo negativo, será una educación enferma. Más síes y menos noes es tener una actitud positiva y productiva, que dará resultados positivos y productivos. Se pueden poner límites con claridad y determinación, pero para ello no siempre tendremos que poner el no como premisa. El sí a lo bien hecho, la aprobación de lo que se hace bien es parte de la superación del problema con nuestro hijo.

*Pocas normas, pero que se cumplan. Muchas normas provocan dispersión y confusión. Pocas, pero bien asumidas, que se puedan cumplir y se cumplan, tiene sentido pedagógico y ayudará a una disciplina proactiva y efectiva. No obstante, las normas se deberán cumplir hasta las últimas consecuencias pedagógicas. Es decir, no se dará el brazo a torcer de ninguna manera, manteniendo el compromiso de lo establecido. Los niños criados entre algodones, en el futuro tendrán muy poca resistencia a la frustración, por lo que es muy posible que fácilmente se desanimen y desistan pronto ante las dificultades que les presente la vida.

*Inculcar sentimientos morales, con un aprendizaje desde la conciencia. Sin adecuados fundamentos morales, la educación puede resultar estéril. No se trata de moralizar las actitudes ni las acciones, sino vivir con contenidos ciertos y limpios. Es un aprendizaje desde la conciencia, porque se pueden poner normas y disciplinas morales y sociales, pero si no se vive lo que se predica no tendrá gran incidencia en la educación que nos proponemos. Los niños tiranos no han desarrollado las emociones morales, como el sacrifico, la compasión, la empatía o la piedad, por tanto no tienen sentimiento de culpa, lo que consecuentemente les exime de capacidad de responsabilidad.

*Potenciar el tiempo de los hijos con la familia. Hay una educación que no se puede sustituir con otros modelos o prototipos: la familia es el terreno propio y natural para la formación. Sea cual sea el tipo de familia que tengamos, el mejor lugar para el afecto, la comprensión y la superación de los problemas es el núcleo familiar.

*Cuidar y proteger sin excesiva sobreprotección. A veces, al pretender ayudar y cuidar a nuestros hijos, lo hacemos con una actitud de excesivo control y sobreprotección. Tenemos miedo o desconfianza a que ellos no sean capaces de tomar responsabilidades y compromisos. Educar es mostrar el camino, poner los límites, marcar los objetivos, dando confianza y seguridad a la respuesta de los hijos. Por esta razón, sobreprotegerlos los hace más dependientes e inseguros. Ellos deben indagar y explorar los caminos de sus propias capacidades e independencia, aunque siempre con las directrices fijadas.

*Amar, amar y amar, pero que se note. Amar no significa ceder a las reglas establecidas, sino establecer un cauce comunicativo que sólo el amor puede ofrecer. Amar y que se aprecie tampoco es colmar de regalos y muestras constantes y persistentes de aprecio, sino expresar con toda naturalidad lo que se siente, en el momento adecuado y de la manera apropiada.

*No decir mentiras a los hijos. Un carácter o actitud que habitualmente se basa en la mentira y el embuste, será un erróneo modelo en la educación del niño con síndrome del Emperador. Mentir a los hijos producirá en ellos desconfianza y distancia ética. Es preferible ser verdaderos en nuestra manera de ser y hacer.

©2011 Josep Marc Laporta

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· El primer amor de los hijos

Para los padres, el hecho de asumir que su hijo crece, se enamora y tiene experiencias los desborda porque no pueden tener el mismo control, tan directo, como cuando era pequeño. Ante esta nueva etapa, la mayoría de los padres sienten que han perdido una parte de ellos y que nunca más la volverán a recuperar. En realidad creen que los hijos no están preparados para entablar relaciones amorosas, mientras se resisten al cambio, sin darse cuenta de que están creciendo y que van camino de adultos. Prueba de ello es que cuando se les pregunta qué edad consideran adecuada para que sus hijos tengan pareja, seis de cada diez responde que, al menos, 18 años.

Esa resistencia paterna y materna obedece, fundamentalmente, al miedo: miedo a que el hijo sufra por amor, miedo a que sea influido negativamente por esa relación, miedo a que se inicie en relaciones sexuales... Lo cierto es que el primer amor de los hijos expone a los padres, muchas veces por primera vez, a una situación en que pueden ver al hijo contento o sufriendo por algo que ellos no pueden controlar, porque si va mal en el colegio pueden estudiar con él o ponerle un profesor, pero si el hijo sufre por amor no tiene mucho margen de intervención, salvo apoyarle y consolarle.

Los miedos más habituales de los padres son los siguientes:
1- El sufrimiento amoroso que pueda conllevar una decepción;
2- A que el hijo pueda ser influido negativamente por la relación;
3- Las relaciones sexuales; y
4- El nido vacío.

La mayoría de los adolescentes, incluidos los padres, ha tenido desengaños amorosos, pero prácticamente todos superan esta fase sin demasiados problemas. Hemos de considerar que el amor, más que sufrimiento, es descubrimiento de nuevas sensaciones, sentimientos y experiencias positivas.

En cuanto a que una relación pueda afectar negativamente, los adolescentes suelen tomarse las cosas de una forma un tanto obsesiva, y eso hace que los padres teman que su hijo o hija sólo pensará ahora en la novia o novio, lo que repercutirá en otros ámbitos, como los estudios, la relación con la familia, sus responsabilidades, etc. Además, el miedo a que la otra persona sea una mala influencia, también afecta a ese miedo primerizo de los padres.

Ante el primer amor, muchos padres comienzan a plantearse la sexualidad de sus hijos y se inquietan con la posibilidad de embarazos no deseados y riesgos indeseables. Entonces será el momento, si no se ha hecho antes, de hablar de sexo abiertamente, sin apabullamientos ni saturaciones.

Un miedo latente, más por causa de los padres que por los hijos, es el síndrome del nido vacío. Que un hijo se enamore es un indicador clarísimo de que ha crecido, y algunos padres lo asocian con que pronto se irá de casa. Esa vivencia, en lugar de llenar de alegría, provoca ansiedad y angustia en muchos progenitores.

Lo cierto es que tengan la edad que tengan los hijos, a los padres siempre les parece que aún es pronto para que tengan novio, o que no es el momento oportuno por los estudios, los amigos, los proyectos, etc. El estudio sobre las relaciones familiares de casi un millar de alumnos de Cataluña de entre 10 y 17 años realizado por Ramon Casals, profesor del instituto Leonardo Da Vinci de Sant Cugat (Barcelona), deja constancia de ello. A la pregunta sobre ‘¿qué edad consideras adecuada para que tus hijos tengan pareja?’, el 42% de los progenitores respondió que entre 18 y 20 años; un 25% dijo que entre 16 y 17, y un 17% apostó por más de 20 años. En general, las madres tienden a retrasar la fecha de la primera relación.

En cuanto a la edad que los padres estiman adecuada para que los hijos tengan relaciones sexuales completas, el 43% de los encuestados también la situó entre los 18 y los 20 años; un 23% respondió que lo ideal es cuando pasen de los 20, y un 10% —sólo el 6%de las madres frente al 15%de los padres — fijó la franja aconsejable entre los 16 y los 17 años.

El miedo limita y condiciona mucho. Pero con miedo o sin él, angustiados o no, los padres han de asumir que una de sus tareas vitales cuando los hijos se hacen adolescentes es la de facilitar la autonomía y el crecimiento que necesitan.

Pautas e ideas para reflexionar

* Prepararse para cuando suceda.
La mayoría de los padres no tienen en cuenta que un día su hijo o hija tendrá su primera relación amorosa. Es bueno empezar a pensar en ello cuando el niño todavía tenga entre 11 y 13 años. En esas edades hay que empezar a prepararse psicológicamente, pensando qué actitud tomaremos, cómo nos comportaremos y de qué manera los ayudaremos.
* Actuar siempre con naturalidad. No tomar actitudes de extrañeza, de miedo o de incomprensión. Lo que más necesitan nuestros hijos es la aceptación de sus sentimientos y emociones, que corresponden a una edad en la cual ya están capacitados para ensayar las sensaciones amorosas. En esos momentos hay que hacer un ejercicio de memoria, volver la vista atrás y recordar que hace mucho, nosotros éramos como ellos, y aprendimos de esa primera experiencia.
* No obsesionarse con la comunicación. Habitualmente, los padres de los adolescentes están obsesionados con la comunicación e insisten en saberlo todo, pero lo normal es que cuando los hijos empiecen su primera relación ni se enteren, porque lo habrán hablado entre los mismos compañeros. No obsesionarse con la comunicación es no pretender saberlo todo. Pero para saber por dónde van las cosas, no olvidemos que los adolescentes dejan señales. Se trata de estar un poco atentos a ellas.
* Promover el respeto y fomentar la confianza. El respeto siempre es necesario e imprescindible para unas buenas relaciones, ya sea con un niño, con un adolescente o con un adulto. La confianza crece con la base del respeto y cuando se generan espacios de diálogo y comunicación. La confianza es un sentimiento recíproco: los hijos confiarán más en los padres que confíen en ellos y no tanto en los que manifiesten más temor hacia sus decisiones. A veces los adolescentes no expresan lo que piensan porque se les corrige y replica todo lo que dicen. Hay que dejarlos hablar para que aprendan a opinar más tarde como adultos y padres.
* No juzgar. Con mucha frecuencia, lo primero que se hace al saber que el adolescente tiene su primera relación es juzgar, o sea, dar nuestro parecer, opinar, calificar, valorar, aconsejar precipitadamente o pronunciarnos sobre si es la persona adecuada o no. No obstante, lo primero que deberemos aprender es no dejar nuestro peculiar rastro de adulto sabelotodo, sino aceptar los primeros deseos de nuestro hijo/hija. No olvidemos que es su primera decisión, su primera experiencia, su primera toma de contacto un poco seria con el otro sexo, por lo que no deberemos enturbiar esas primeras sensaciones amorosas con nuestras opiniones.
* No preguntar excesivamente. Ante tal situación de sorpresa y desconocimiento sobre la decisión tomada, a veces los padres empiezan un serio e intimidatorio interrogatorio. Se pueden saber muchas cosas sin preguntar cada dos por tres. Existen muchas maneras de conocer lo que piensa nuestro hijo sin prácticamente preguntar, solamente interesándonos, mostrando nuestro apoyo y manteniendo una conversación intrascendente que nos permita observar o percatarnos de cómo va todo.
* Mantener los puentes de diálogo abiertos. Si hemos sabido crearlos en la niñez, en la adolescencia y con las relaciones amorosas tan solo los hemos de dejar abiertos, intentando que nada trunque esa comunicación ya establecida. Ni una primera relación amorosa debería entorpecer esos puentes de diálogo creados anteriormente.
* No desacreditar ni despreciar a la pareja elegida; tampoco negar la relación ni ridiculizarla. Hemos de empezar a aceptar las decisiones que el adolescente empiece a tomar en su vida. Un noviazgo o una incipiente relación es una de las primeras decisiones de mayor calado en la vida del ser humano. Por ello, pese a que no nos guste demasiado el tipo de persona elegida, deberemos mostrar aceptación y conformidad (prohibir una relación es hacerla más atrayente). En el caso de que la persona que nuestro hijo hubiera elegido, tuviera un pasado o una actitud ignominiosa, no deseable o de talante inmoral, sí que es conveniente y necesario hablar decididamente con él para hacerle ver la realidad. No obstante, por lo general, las relaciones que se establecen son de ámbito convencional y no debieran provocar en los padres ninguna animadversión visible.
* No frivolizar con comentarios hirientes, los sentimientos amorosos. Se pude caer en el error de burlarnos o tomar muy superficialmente la nueva relación con comentarios desafortunados. Observaciones como ‘¡ay, es que el niño está un poco pavito porque se ha enamorado!’, u ‘¡hoy no tiene hambre porque acaba de ver al novio y, ya se sabe, come novio!’, pueden provocar distanciamiento y relaciones viciadas.
* Huir de los consejos moralistas y retóricos. ‘Te aconsejo que te lo pienses muy bien’, ‘debes cuidar tu imagen delante de la gente…’ o ‘cuando yo tenía tu edad…’, serían consejos inadecuados por su didáctica tan ilustrativa y comparativa. Es mejor ‘tirar de la lengua’ sin malas intenciones o un mero comentar las vivencias, dejando que las palabras traigan reflexiones por sí solas, no por nuestras constantes apreciaciones.
* Expresar opiniones con prudencia y delicadeza. Siempre habrá alguna ocasión en la que tendremos que pronunciarnos sobre algún aspecto de la relación. Es preferible la prudencia y la delicadeza, porque no es a nosotros a quienes nos ha de gustar la pareja de nuestros hijos, sino a ellos. Debemos tener en cuenta que una crítica fuera de lugar puede convertirse en una negación del mismo adolescente y de su poder de decisión, por lo que es necesario pronunciarnos con consideración y discernimiento.
* Establecer relaciones saludables con otros padres y madres. Hablando aprendemos mucho de nosotros mismos y de los demás, y encontramos palabras y actitudes más adecuadas para acompañar a nuestros hijos en su crecimiento y en su descubrimiento de la vida. Conversar con otras personas que pasan por parecidas situaciones nos permitirá obtener nuevas referencias, ideas o reflexiones.
* Tratar a la pareja como un amigo más. Cuando la pareja de nuestro hijo/a es presentado/a y entra en casa, es conveniente tratarlo/a como un amigo/a más, ni más ni menos. Al mismo tiempo, es aconsejable vincularse con la pareja en la misma medida que lo hace nuestro hijo, no más. Igualmente sucederá en una posible ruptura. Es importante poner razones a las emociones y emociones a las razones; es decir, saber qué hacer en cada momento sin dejarnos llevar sólo por la emoción o sólo por la razón.

©2011 Josep Marc Laporta

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· Dialogar sin discutir

La discusión es la enfermedad de la incomprensión. Acostumbramos a discutir cuando no somos capaces de retener el control de nuestra disposición a escuchar activamente y reflexionar de manera pausada y positiva. Dos personas que hablan debieran razonar conjuntamente, permitiendo que las palabras atendieran a la razón. En el idioma catalán, existe una interesante palabra que se utiliza como sinónimo de conversación: enraonar. La base semántica de esta palabra viene a significar ‘dar la razón’ (dar información, referencia) y ‘devolver la razón’ (proseguir un diálogo). Sirva esta acepción lingüística para observar que conversar puede ser y, en realidad, es, una acción activa de la razón. En idioma castellano, la palabra dialogar significa ‘conversar dos o más personas intercambiándose el turno de palabra’. Por ello, el diálogo o la conversación es una acción común, a partes iguales, con la finalidad de entretejer un resultado final de comprensión colectiva.

Las razones de por qué discutimos en lugar de dialogar, es por una cuestión de hábito. Nos encanta tener la razón y cuando entramos en diálogo queremos que nos den la razón por encima de todo. Hay personas que les gusta tener la razón porque están inseguras de lo que piensan. No obstante, quien está seguro de lo que cree y piensa no le importa tanto que le den la razón. Hay personas que son tan dialécticas, que llevan su conversación a la discusión como elemento fundamental del diálogo. Creen que la discusión convertirá su conversación en más interesante y productiva. No es así: una conversación efervescente y enfervorizada lleva directamente al radicalismo y a la toma de posiciones tajantes, drásticas y fundamentalistas. Sin duda, un carácter rígido anima a la discusión; y, al contrario, un carácter afable aviva la buena conversación.

Es cierto que la velocidad de nuestro tiempo anima la discusión. Tenemos prisa por llegar a todos los lugares, ya sean geográficos como intelectuales, por lo que muchas veces animamos la irreflexión y la precipitación. Lo que en definitiva conseguimos es distanciarnos unos de los otros, utilizando a la otra persona como un fin para mejorar y confirmar los que nosotros sabemos. Utilizamos la otra persona como una herramienta para ganar autoestima.

Algunas parejas empiezan a hablar sobre un tema concreto y a los cinco minutos ya discuten sobre ello, y a los diez discuten sobre la manera cómo están discutiendo. Muchas veces las discusiones no van sobre el tema de la discusión, sino sobre otras cosas que no tienen nada que ver con la realidad de lo que se habla. Aprender a conversar sobre el tema y no desviarse de él es un arte, pero también es una actitud de concreción y deseo de querer llegar a conclusiones compartidas.

Tendemos a conversar no con la otra persona, sino escuchándonos a nosotros mismos, sin disponer de tiempo para escuchar al otro. Un ejemplo cotidiano nos ayudará a entender esta costumbre. En el saludo inicial, acostumbramos a preguntar ‘cómo estás’, y muchas veces no esperamos a escuchar la respuesta. Tan sólo escuchar la voz de contestación es suficiente para desconectar nuestras mentes de la naciente conversación. Un adagio lo resume con otras palabras: ‘el amigo es aquella extraña persona que te pregunta cómo estás y se espera a escuchar la respuesta’.

Para una buena comunicación entre dos personas

* Tener empatía; ponerse en la piel del otro. No sólo respecto al contenido, a lo que piensa y dice, sino respecto a lo afectivo; es decir, a sus emociones, en la comprensión de las emociones del otro.
* Cuando hablen, evitar interrumpirlos o querer acabar sus frases. A veces no nos esperamos a escuchar, sino que ya tenemos unas expectativas de lo que dirá y deseamos cortar para expresar nuestras opiniones o razones.
* No hacer intervenciones muy largas. En un diálogo, cuanto más larga sea una de las intervenciones, más posibilidades habrá de que flaquee el interés de la conversación.
* Recepción amable e inteligente. El rostro, la sonrisa, la posición del cuerpo o las manos pueden dar una bienvenida activa al interlocutor.
* No querer imponer nuestro propio discurso. La conversación es un espacio donde dos personas se encuentran al 50%. Imponer nuestro discurso es imponer un encuentro al 70% u 80%; más bien es un desencuentro.
* Dar una razón momentánea cuando se observa que existe obcecación en la otra parte. Es preferible perder momentáneamente, que inmiscuirse en una discusión ciega y obcecada. En otra ocasión, cuando se observe una actitud menos obsesiva, entablar una renovada conversación para llegar a puntos de comprensión sin discusiones.
* Parafrasear lo que dice la otra persona. Tomar algo de lo que ha dicho nuestro interlocutor y decirlo con nuestras propias palabras. De esta manera reforzamos los argumentos en los que estamos de acuerdo y creamos vías de comunicación.
* Si queremos dialogar sin discutir, debemos tener en cuenta las preguntas. Cuando hablamos con otra persona, las preguntas pueden indicar que estamos siguiendo la conversación, interesados en ella. Pero habrá que ir con cuidado, también hay personas que preguntan para encontrar un fallo, formulando preguntas indiscretas; entonces, cuando encuentran el error, lo hacen notar, así tienen la sensación de que ganan y la otra persona se encuentra desprotegida. No obstante, no me refiero a este tipo de preguntas, sino a aquellas que ayudan a hablar, a comunicarse, a construir puentes, a las que se interesan en la profundidad del tema, que buscan llegar a conclusiones positivas.
* Conversar requiere un buen equilibrio entre las palabras y los silencios. Tendemos a pensar que los silencios son agresivos y desafiantes, pero la buena combinación de palabras y silencios ofrece una buena salud a la conversación.
* Escuchar activamente y con complicidad. Solamente escuchar, sin entrar a prejuzgar lo que significa lo que está diciendo, simplemente recibir lo que nos dicen, entendiendo y comprendiendo las palabras presentes.
* Opinar sólo si nos lo piden. En el transcurso de una conversación puede resultar muy molesto que nos digan lo que hemos de hacer, cuando no lo hemos solicitado. Es sabio opinar si nuestro interlocutor de alguna manera nos invita a hacerlo.
* Si se produce una discusión, derivar la conversación hacia un punto de encuentro. En lugar de continuar con una escalada de resistencia y lucha, buscar puntos de unión para rebajar la tensión.
*Alejar las distracciones. Algo que, lógicamente, pone nerviosa a muchas personas es observar que mientras ellas están hablando y explicándose, su interlocutor está mirando hacia otro lado o no está atento. Por lo tanto, es lógico que se sientan humilladas. Alejar las distracciones es mostrar atención, mirar a la cara y dar señas gestuales de asentimiento y aceptación.
* De la capacidad de escuchar depende la capacidad de evolucionar. Escuchar es una de las fuentes del conocimiento y del saber. Quien escucha, conoce, aprende y se construye.

©2011 Josep Marc Laporta

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· El rencor

El rencor es un sentimiento doloroso o una rabia más o menos intensa que todos hemos sentido alguna vez, aunque hay personas que, adictas a este sentimiento, lo viven permanentemente. El rencor es un enojo profundo y persistente que se apodera de nosotros y que nos puede llevar a tomar actitudes y acciones impensables, incluso, irracionales. Es por ello que este amargado resentimiento, desequilibra y enferma el cuerpo y la mente.

Normalmente el rencor se genera cuando la persona se ha sentido ofendida, humillada, dañada o ridiculizada. La característica principal es la rabia por el daño sufrido que no se expresó, quedando emocionalmente estancado, permaneciendo en silencio y repercutiendo en posteriores acciones y actitudes. Pese a que la rabia no se exprese, el rencor sigue ahí, generando sentimientos de odio, con resoluciones erróneas. Pero este sentimiento también se aprende. En las relaciones familiares y sociales podemos copiar formas de comportamiento rencoroso, especialmente en las filiales. Si un padre o una madre actúan y se manifiestan en el círculo familiar con un resquemor constante, los hijos asimilarán dicho comportamiento y muy posiblemente lo incorporarán a su carácter en mayor o en menor grado.

A veces no es fácil detectar el rencor, pero sí que se puede observar algunos detalles o signos que lo delatan. Por ejemplo, una disposición negativa hacia quien generó el rencor, tomando actitudes de boicotear sus iniciativas. También, negarse a participar y marginarse ante algunas acciones que propone esa persona contra la que se siente rencor. O, incluso, no hablar de ella o con ella. Otra forma de observación es cierta impaciencia, estar con los puños cerrados, hablar de manera contundente, seca y dura o, también, no mirar a los ojos de la persona que le generó el rencor. Pero no deberían confundirse estas actitudes de rencor con la protección que objetivamente se debe tener cuando una persona nos ha hecho daño. La defensa o cuidado para que no nos vuelva a suceder lo mismo, es una lógica forma de protección y cautela. El rencor va más allá: actúa con repulsión y de manera reaccionaria, generando más daño en uno mismo que en la persona que nos ofendió.

A veces, el rencor es inconsciente, sin saber que se sufre. Estos casos se dan bastante con respecto a los padres. Se niega hasta la saciedad porque admitirlo generaría un gran sentimiento de culpa que no están dispuestos a asumir. Pero no olvidemos que el rencor hacia los padres es uno de los más comunes, habitual en adolescentes que toman actitudes de oposición constante, negativos y desmotivados ante todo. Suele ser hacia uno de los padres y, en algunos casos, este sentimiento perdura durante años, llegando hasta la adultez.

Como señalé anteriormente, el rencor aparece cuando la rabia no se pudo expresar en su momento o se expresó a medias. Por ello es saludable expresar las emociones adecuadamente, tanto en tiempo como en forma, porque si no tenderemos a acumular y enquistar dolores. Como su raíz latina indica, ‘rencor’ viene de ‘rancio’, expresando perfectamente cómo nuestro carácter va degenerando. El rencor tiene malas consecuencias, porque se acomoda y, al final, ese irracional odio y resentimiento puede llegar a paralizar una persona, llevándola a un estado de insensibilidad ante aquello que le ocasiona el rencor. ‘Rencor’ también paralelismos etimológicos con ‘resentirse’, que significa tener un sentimiento, pesar o enojo por algo, denotando flaqueo y debilidad. El rencor nos debilita.

Muchas personas creen que manteniendo el sentimiento de rencor durante tiempo vencerán en las disputas y serán más felices. Pero, al contrario de lo que piensan, se sentirán más atados y encadenados, sin poder desprenderse del rencor. Los circuitos del placer negativos son mecanismos que simulan alcanzar un cierto bienestar con la complacencia de un sentimiento erróneo, pero lo que logran es un placer destructivo que nos hace adictos a sentirnos contentados con el rencor. No obstante, los placeres positivos son diferentes: construyen y participan del bien común, eliminando los sentimientos que nos destruyen. Pese a que parezca difícil, hay salida y liberación ante ese sentimiento tan destructivo.

Cómo superar o no caer en el rencor
* Darse cuenta de que existe. Será difícil superar el rencor si no se tiene conciencia de que está presente, tanto por una situación puntual o en nuestro propio carácter. Asumir su presencia es vital para empezar a salir de él. También es bueno conocerse y saber que nuestra tendencia a no ser comunicativos y asertivos nos puede llevar a ser potencialmente rencorosos. Este punto de partida de autoconocimiento será importante para no caer en el rencor fácilmente.
* Entender que mantener el rencor nunca será una venganza. Hay quienes piensan que manteniendo permanentemente el rencor conseguirán vengarse de quien les hizo daño. Pero el rencor es un sentimiento que sólo lo sufre quien lo tiene, no la otra persona. En cualquier caso, la venganza es hacia nosotros mismos, que nos mortificamos con un sentimiento que, pese a que parece que nos da placer, no resuelve las cosas, sino que las empeora.
* Mantener una distancia prudencial sin llegar a desatar el rencor. Si alguien nos ha hecho daño, es normal mantener una distancia prudencial psicológica para que no volver a sufrir. No obstante, utilizar la distancia como una forma de rencor puede ser contraproducente para nuestros intereses emocionales. El distanciamiento puede ser muy necesario y conveniente; pero alimentar el rencor a través del alejamiento puede llevarnos a caminos sin salida en lo psicológico.
* Ser asertivo. Una persona que es asertiva, rara vez sentirá rencor hacia alguien. Aquel que expresa en el momento adecuado sus sentimientos a la persona adecuada, se estará vacunando del rencor. La asertividad se aprende poco a poco, diciendo las cosas oportunamente, no dejándolas a expensas de los sentimientos o del azar.
* Expresar lo que se siente, no solamente lo que se piensa. Las personas rencorosas no acostumbran a expresar los sentimientos, los acumulan innecesariamente, por lo que este silencio de comunicación les provoca sensaciones de rencor. Hablar, expresar y contrastar permite, como mínimo, entender o hacer que nos entiendan, creando puentes de comunicación y perdón.
* Expresar el enojo con la persona que lo generó. Expresar con otra persona diferente a la que nos provocó el enojo no significará que lo superaremos. Es necesario enfrentar nuestro dolor e irritación con la persona que nos lo generó, para así, de manera civilizada y correcta, poder contrastar las razones de nuestro estado y encontrar la salida al rencor y al malentendido.
* Atajar a tiempo el problema que generó el rencor. Dejar pasar las cosas es la manera perfecta para que nuestros sentimientos negativos se agranden. Las soluciones tienen su tiempo, con la finalidad de que el problema se intercepte bien. Dejar que se mantenga un problema y no darle importancia es empeorar las cosas, por lo que es muy posible que anide el rencor.
* Acostumbrar a nuestra mente a pensar de manera positiva y comprensible. Gran parte del rencor se forja en no querer entender que las personas se equivocan y tienen actitudes erróneas, incluso sin querer ni pretenderlo. Muchas veces, el ser humano está desprotegido de sus propios errores, porque está aprendiendo en el camino de la vida y, lógicamente, se equivoca. Si nos sentimos enojados y afectados por un sentimiento de rencor, podemos ayudar a nuestra mente a que no se aísle con el problema, sino que entienda que esa afectación tiene razones que, incluso, pueden ser muy irrazonables, debido a nuestra naturaleza humana. Todos erramos, y es muy posible que mientras estamos sintiéndonos rencorosos por algo, nosotros repitamos el mismo error.
* Aprender a olvidar las ofensas. No se debe olvidar lo que provocó el sentimiento de rencor, pero sí que se puede olvidar la ofensa de ese hecho. Una persona puede habernos hecho daño con una actitud despectiva o vejatoria, pero nosotros podemos empezar a superar la situación si separamos el dolor de la ofensa del acto en sí. Lo que sucedió no se puede mover, sucedió, no se puede borrar y nos debemos proteger para que no suceda más; pero sí que se puede borrar el caparazón que envolvió el problema: la ofensa. Distinguir una cosa de otra nos permitirá enfrentar correctamente la dificultad.
* Aprender a perdonar. El perdón no solamente salda las cuentas con la persona que nos provocó el rencor, sino que, esencialmente, libera nuestra culpabilidad y nos hace sentirnos perdonados a nosotros mismos. Perdonar no solo es un acto, sino un sentimiento asociado a un acto. Por lo tanto, para perdonar tendremos que aunar esfuerzos, andando un camino de restitución de la mano de nuestros sentimientos y de un acto o actitud concreta.
* Todos cometemos errores y nadie está libre de ellos. Tanto el que sufre de rencor como el causante, cometen errores y nadie está libre de repetirlos una vez tras otra. Al final, muchos de los que han estado distanciados durante muchos años, no pueden recordar la razón exacta y, a veces, si la recuerdan, se dan cuenta que ya no tiene la misma importancia. No obstante, el sufrimiento que se vivió durante años fue porque cuesta dar el primer paso de la reconciliación. También es un error no darse cuenta de que mantener un enojo o un rencor permanentemente puede llegar a ser muy ridículo. Por ello es sabio quitar hierro a ciertos asuntos, y, si fue de suma importancia, enfrentarlo y solucionarlo antes de que nos corroa por dentro.
* La enfermedad está detrás del rencor. A veces se ignora que muchas enfermedades se relacionan con el rencor y el resentimiento, porque son heridas del alma que no se cierran en la mente y que, seguidamente, se hacen carne y se traspasan al cuerpo. Toda emoción negativa no sólo es perjudicial desde el punto de vista emocional, sino que también repercute en nuestro organismo, en nuestra salud física. Cuando las personas tienen rencor o piensan en situaciones de venganza, tanto la presión arterial como el ritmo cardíaco se disparan al doble de su actividad normal. Pero si animamos y evocamos emociones positivas, la mente y el cuerpo se tranquiliza y entra en un estado de ritmos cardíacos normalizados, disminuyendo el estrés.

· La comparación en los niños

Si hay algún sector de población donde la comparación está más presente es en la infancia. Entre niños es habitual observar cómo alardean de cualquier cosa útil para imponerse uno sobre otro, provocar envidias o, incluso, humillar. Pero los padres también comparan unos niños con otros o a los propios hijos, destacando virtudes, defectos o enfrentando personalidades.

Las habilidades comparativas poseen muchas variantes. Cuántas veces hemos sido nosotros mismos los que hemos intentando que uno de nuestros hijos se compare con su hermano, explicándole lo bien que se porta el otro o provocándole a celos, hablándole de la facilidad que tiene por un deporte o por sus capacidades estudiantiles, como si ello fuera responsabilidad de los niños. Juntamente a la comparación, también ponemos etiquetas. A uno le decimos el listo, a la otra la alta, a otro el desobediente o vago o... infinidad de etiquetas que lo único que logran es desanimar al niño y bajarle su autoestima.

Cuando los niños reciben toda esa información, acostumbran a reaccionar de acuerdo a los mismos estímulos. Si le dicen que es vago, se lo cree y se comporta como un vago; si le dicen que es desobediente, más lo será. A esta manera de responder a las expectativas, en psicología se llama efecto Pigmalion.

Es muy decepcionante que nos comparen negativamente con los demás. Si creemos que comparando despectivamente vamos a provocar que los niños sean mejores, estamos bastante equivocados. Lo que conseguiremos será que se sientan humillados y rabiosos contra todo y contra nosotros mismos, dejándoles con la autoestima por los suelos. Esa autoestima devaluada será un activo negativo en su vida adulta, dejándoles una rémora que les costará superar adecuadamente.

Un concepto a tener en cuenta es que no educamos a todos los niños por igual. Por mucho que lo intentemos, siempre a uno se le dará más atención que al otro o se le motivará más o menos, o al primero se la dará más cuidados y, al segundo, con que ya sabemos de qué va la crianza, tenderemos a despreocuparnos más . Pese a ello, el esfuerzo a educar sin comparar ha de estar en nuestro manual diario de comportamiento hacia ellos. Los esfuerzos y la preocupación por una correcta formación para mejorar este aspecto, debería ser primordial en el ejercicio de la educción.

Aprender a no comparar

*Dejar de comparar hermanos de una misma familia.
En muchos hogares se practica la comparación despectiva como método de animar al estudio y a la mejora personal. Expresiones similares a "¡mira tu hermano cómo estudia, a ver si aprendes de él!", son formas que repetimos habitualmente, sin darnos cuenta de que podemos estar creando hijos frustrados e insatisfechos, aniquilando su creatividad y capacidad de superación.
* Cada persona es única. No se pueden comparar dos niños, dos hermanos o dos amigos, porque cada uno es único. Educar en las virtudes y cualidades personales es ayudarles a saber que son personas irrepetibles y que nadie podrá hacer lo que ellos hacen ni nadie los podrá sustituir.
* Inspirarnos unos a otros para mejorar. En los miembros de una misma familia, no compararnos, sino inspirarnos mutuamente. Que la actitud o los éxitos de alguien sirva para inspirarnos y animarnos. Esta inspiración se basa en la dicha de disfrutar y alegrarnos de los éxitos ajenos para dejarnos iluminar por sus superaciones y victorias.
* La clave de la confianza. Confiar en los niños es la mejor manera de que den lo mejor de ellos. Cuando actuamos hacia ellos con desconfianza y los supervisamos excesivamente y obsesivamente, los influimos a que sean desconfiados y, muy posiblemente, de adultos buscarán el reconocimiento y la aprobación externa para obtener seguridad. La clave de la no comparación es confiar en cada uno de ellos para hacerlos seguros y autónomos psicológicamente.
* Hacerles ver que los queremos sean como sean. Esta actitud ha de ser incondicional y sin contrapartidas. Amarles tal y como son es la mejor manera de darles autoestima y seguridad. Ellos son los que deben y pueden elegir cómo quieren ser, mientras nosotros los debemos apoyar en amor para que alcancen su objetivo y guiarlos.
* Enseñarlos a contentarse con lo que son. La felicidad pasa indefectiblemente por ser y por contentarnos con lo que la naturaleza nos ha regalado. Hacerles disfrutar de sus cualidades es enseñarles a ver que lo que son es el mejor punto de partida para ser, tener y poseer.
* Animarles a ver lo que poseen no los que les falta. La tendencia propia de la persona que siempre acostumbra a compararse es pensar en lo que le falta y compararse con otros. Hemos de aprender a enseñarles que lo que tenemos es mucho más importante de lo que nos falta, porque ya existe, ya es nuestro, es propiedad; mientras que lo que nos falta no sabemos si lo podremos conseguir.
* No juzgarles. Una de las claves para dejar de compararlos es no juzgarles. Muchas veces se les reprende con actitud de juicio, no de corrección y dirección. El juicio constante los pone en el filo de la espada y los sitúa en desventaja con los congéneres. En realidad, a ellos el juicio les pone en una doble situación comparativa en lugar de ayudarles.
* Compararlos solamente consigo mismos. Esta es una comparación de superación. Si algo podemos ser en la vida es a raíz de conocer nuestras capacidades, virtudes y defectos para tener la correcta perspectiva de cómo mejorar. De esta manera podremos contrastar la superación de los niños y animarlos al progreso.
* Escribir en un papel las virtudes de cada uno de los hijos. Este ejercicio es indicado para equiparar cualidades, virtudes y cuestiones a mejorar. Pero previamente a escribirlo es necesario enumerar cinco o siete puntos para ambos para que tanto las virtudes como los defectos sean equiparables. Es decir, podría ser que de uno encontráramos ocho virtudes y del otro cuatro. Por lo tanto es preferible esforzarnos en igualar numéricamente ambas listas.
* Protegerlos de los acosos de la escuela. Muchas veces los niños llegan del colegio con una mochila dolorosa. Han recibido comparación, acusación y menosprecio, por lo que necesitan recibir en casa apoyo y autoestima. En ciertos casos, lo que hacemos es provocarlos con palabras de superación comparativas, les decimos que si los otros niños hacen las cosas mejor o tienen ciertas virtudes será por alguna razón, y los invitamos a compararse otra vez. En realidad, nuestras palabras los hunden un poco más. La respuesta adecuada es hacerle ver que cada persona es única y que lo más importante es el esfuerzo de cada uno, y que los padres son las personas que le darán la opinión más fiable y acertada. Deberemos enseñarles a confiar en nuestra valoración y consejos.
* Enseñar la imitación positiva. Se puede aprender mucho, sin caer en las comparaciones, optando por las imitaciones positivas. Tomar modelos positivos es muy saludable para inspirarnos y superarnos. A veces estos modelos son personas que han logrado éxitos científicos, sociales, deportivos o comunitarios; son los individuos que por sus logros pueden ser una referencia puntual para animarnos e incitarnos a la mejora y a conseguir objetivos. La distancia abismal que existe entre el niño y la persona de renombre no significará comparación sino inspiración.

· Curar viejas heridas

A causa de la tendencia humana de perpetuar las viejas emociones, casi todos llevamos dentro nuestro una acumulación de dolores emocionales antiguos. El sedimento de dolor que deja cada emoción que no se afronta plenamente, que no se acepta y, también, que no se abandona, se reúne en un campo de energías que residen en la células del cuerpo. Esa memoria de nuestro organismo seguirá recordándonos que hay una herida abierta, que nunca hemos cerrado convenientemente. Nuestro cuerpo nos avisa constantemente de que estamos en deuda con el pasado.

Una vieja herida es, básicamente, no aceptar una emoción o un conjunto de emociones sobre lo que ha sucedido en el pasado. Tenemos dolor cuando no se cumplen nuestras expectativas respecto a una situación, cuando no tenemos aquello que queríamos o bien cuando la vida nos ha traído lo que juzgamos como malo. Esas heridas permanecerán dentro nuestro y no las podremos cicatrizar a menos que asumamos la responsabilidad de tratarlas y curarlas.

Todos hemos sufrido heridas en la vida. Algunas pueden ser como un corte en la piel, por ejemplo, una separación; otras pueden ser como un apuñalamiento, una violación; otras pueden ser como una amputación, la muerte de un hijo. Todas estas heridas deben ser trabajadas y resueltas porque si no se resuelven a tiempo nos pueden acompañar durante toda la vida de manera que dejen más dolor y sufrimiento. Pero tenemos la capacidad de saber cuál fue el dolor, cuál fue su raíz y por qué sucedió.

El ser humano está diseñado para aceptar todo lo que hay y lo que suceda en este mundo. El problema de las viejas heridas y de los consecuentes dolores es que decimos no a ciertas cosas, no las queremos aceptar y dejamos que las emociones acampen a su aire sin atender ese dolor. Creemos que el tiempo, por sí solo, cura las heridas; pero el tiempo lo que simplemente hace es pasar, transcurrir, y en realidad no cura nada, lo deja todo aletargado, con los dolores latiendo dentro nuestro.

Con el paso de los años, a veces pensamos que hemos curado una herida tan solo porque transcurrió el tiempo, pero lo que realmente hemos hecho es sustituirla por otro dolor o acallarla. Por lo tanto, la herida seguirá abierta, sangrando, y no podrá cerrarse por sí sola. Las situaciones sufridas, por ellas mismas, no son dolorosas; es la carga emocional con la que nosotros vivimos la situaciones lo que hace que sintamos el dolor. Por lo tanto, no podemos vivir con una herida abierta a carne viva. Es imposible. Pero sí que podemos vivir con una cicatriz, ya cerrada.

La información que nos deja una vieja herida abierta es: ‘no tengo, no soy, no valgo’, una culpa práctica que no hace vencibles a cada momento, pasándonos facturas emocionales y orgánicas. Pero nada de lo que sucedió en el pasado debe impedir que el presente sea pleno. Por lo tanto, todos tenemos heridas que se pueden curar y así tener un presente satisfactorio y sin nuevos dolores y afectaciones.

Trauma, en griego, significa herida. Un trauma es un hecho que nos coge por sorpresa y de pronto perdemos el control. Su incidencia en nuestra mente es como un terremoto; sin saber por qué ni cómo ha llegado estamos inmersos en una situación totalmente nueva, sin conocer la manera resolverla. Pero a pesar de lo traumático de la situación y de que genere una herida, podemos sanarla si actuamos de manera correcta, sin dejarla a merced del tiempo, de las circunstancias o de la suerte.

Habitualmente, cuando pasamos por un trance doloroso tratamos de volver a tomar el control de la situación yendo hacia delante. Ese control que queremos tomar lo intentamos realizar no pensando en aquello que nos hizo daño, sino caminado hacia delante, obviando lo que sucedió. Y nos decimos: ‘cada vez que pienso en lo que sucedió lo paso mal, por lo tanto es mejor no pensar y no tocar la herida; la dejo estar’. Pero precisamente ese no tocar o no pensar es la paradoja que nos lleva a pensar más.

Por ejemplo, si ahora digo al lector: ‘intenta no pensar en una pelota’; seguro que en la mente habrá una pelota. El hecho de no pensar en la pelota es pensar en la pelota. Esto es lo que muchas veces las personas hacen: no querer pensar en un problema que pasó, querer apartar aquella imagen desagradable, la sangre, el accidente, el suceso traumático, etc., pero la mente continúa guardando perfectamente lo sucedido a pesar de la orden que le damos. Cuando más intentamos no pensar, más pensamos y más tiempo está en la cabeza ese dolor. Como diría Oscar Wilde, ‘con la mayor de las intenciones conseguimos el peor de los resultados’.

Un caso típico es cuando después de una ruptura matrimonial muchas personas se quedan enganchadas al dolor de la separación y después de muchos años continúan adheridas a un suceso que ya pasó. Las heridas siguen abiertas y permanecen sangrando porque no se acepta que sucediera. Solamente se cerrarán si las limpiamos, las curamos a tiempo y las vendamos durante unos días. Superada este cura en el hospital, será más fácil vivir sin resacas ni dependencias del pasado

Curando viejas heridas

* Conocer las señales pico de las emociones negativas para actuar. Cuando vivimos en la banda alta de las emociones positivas, nos sentimos bien y nos creemos firmes y felices. Pero cuando vivimos en la banda alta (o pico) de las emociones negativas, hemos de darnos cuenta de que esas emociones negativas son una alerta del cuerpo que nos avisa de que estamos en peligro, estamos al límite o viviendo en el límite. Por lo tanto, las emociones altas o pico nos avisan de que tenemos una deuda pendiente con un suceso pasado o heridas no cicatrizadas y que debemos afrontarlo decididamente, preferentemente con ayuda de un profesional.
* Huir de los consejos gratuitos y sesgados. A veces, para ayudarnos, algún amigo o familiar nos puede intentar animar diciéndonos que pasemos del tema o que nos echemos el problema a la espalda. Pero lo que realmente sucede es que el tema nos pasa factura o el problema sí que se nos carga en la espalda y nuestro organismo lo acusa con enfermedades y dolencias. Los consejos externos que nos animen a huir de la realidad, no habrán de ser bienvenidos, sino rechazados totalmente.
* Entender que intentar olvidar no soluciona las cosas। Muchas personas van a las terapias solicitando al doctor que les ayude a olvidar. Pero justamente de lo que se trata es de no olvidar, sino de recordar, de elaborar, de saldar cuentas con el pasado, de dejar ese pasado en su lugar, de afrontar el presente y de decidir el futuro. El olvido encubre los problemas y no los soluciona. Las heridas sin cerrar nos remiten constantemente al pasado y no nos dejan avanzar.
* Empezar a asumir que el problema es de uno mismo, no de los demás. Los sucesos traumáticos, por muy duros que sean no son de nadie más que de uno mismo. Culpabilizar constantemente y permanentemente a otras personas es excusarse para no cerrar el episodio y la herida abierta. No obstante, no hay que acusarse diciéndonos que el problema somos nosotros, sino que el problema lo tenemos nosotros.
* La aceptación es clave para superar lo que pasó. Nada se podrá superar si no aceptamos absolutamente lo que sucedió. Intentar cerrar una herida sin decidir estar de acuerdo que lo que pasó y admitirlo plenamente, significará dejarla abierta y sangrando. Aceptar es entender que uno fue actor de todo lo que sucedió, que ya no puede cambiar nada de lo que pasó y que en conciencia plena asume que la salida y la solución parte de esa asunción y conocimiento.
* Optar por una felicidad que no dependa de las circunstancias externas sino exclusivamente internas. Ser feliz hoy no debería depender de lo que sucedió un día de hace tiempo, sino deberá depender de ser quien soy. Nos debemos decir con convicción: ‘a pesar de lo que sucedió, está muy bien ser quien soy, y, a partir de esto, voy a andar un nuevo camino’. Y aceptar que aquel dolor sucedió y que aquello pasó, pero que nosotros somos los auténticos gestores de nuestra felicidad.
* Identificar las emociones que asociamos al hecho traumático. Los dolores pasados dejan emociones concretas: la rabia, la tristeza, la pena, la angustia, la sensación de soledad, la inseguridad, etc. Si identificamos el dolor, sabremos cómo podremos luchar contra él. Por ejemplo, las personas que actúan con rabia, lo que hacen es protegerse con ella, haciéndose más daño, prolongando los dolores y retroalimentándose. O las personas que responden a un suceso doloroso y traumático con tristeza, sin querer se regodean en la tristeza, aumentando más su malestar. Conocer la emoción que asociamos al suceso traumático, nos permitirá actuar contra esa emoción. Por ejemplo, obviándola, no reproduciéndola constantemente u optando por ensayar una emoción totalmente contraria.
* Escribir en un papel todo lo que sucedió. Ante una herida que sangra y que no cierra, escribir todo lo que sucedió en un papel, con todas las palabras, aunque sean duras y feas, es descargarse del acoso del dolor. El dolor hay que vomitarlo para que se vaya, soltarlo para que nos deje en paz, dejarlo en el papel para abandonarlo. Es conveniente no leer o releer lo que se ha escrito. Después de haber escrito todo es mejor tirar o quemar el papel.
* Perdonar y perdonarse para pasar página. Perdonar y perdonarse no es fácil, porque muchas veces no sabemos cuándo estamos listos para perdonar o perdonarnos. Pero sí que debemos tener en mente que el perdón tendrá que llegar en un momento u otro. Saberlo nos ayudará a esperarlo. No obstante, es importante no perdonar antes de tiempo. Primero habremos de sentir el dolor de las ofensas y sus emociones para liberarlo poco a poco; después, el perdón saldrá solo. El perdón es aceptar aquello que no acepté. Perdonar es perdonarme a mí mismo, y liberarme de la cadena que me ata a esa situación o a ese pasado. Como dijo Francisco de Quevedo: ‘no es sabio el que sabe donde está el tesoro, sino que es sabio aquel que trabaja para sacarlo’.

©2011 Josep Marc Laporta





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